Cuba no está viviendo una simple escasez de combustible. Está atrapada en una guerra de control. El 29 de enero de 2026, Washington amenazó con castigar a países que enviaran petróleo a la isla. Luego, el 25 de febrero, abrió una vía limitada para que el sector privado cubano pudiera acceder a crudo venezolano, sin beneficiar al Estado ni al aparato militar. Y el 12 de marzo, flexibilizó por 30 días compras de petróleo ruso ya en tránsito para enfriar los precios globales. No hay coherencia moral. Hay cálculo.
La Habana usa el embargo como coartada. Washington usa el embargo como palanca. Mientras tanto, el pueblo cubano paga la factura. Hoy Díaz-Canel admite conversaciones con Estados Unidos y reconoce que Cuba lleva tres meses sin recibir combustible. Eso no describe una transición ordenada. Describe un sistema exhausto, sostenido por control político y dependencia externa.
La verdad incómoda es esta: ni a los Castro les conviene un desbloqueo total, ni a Estados Unidos le interesa regalarlo sin condiciones. Si Cuba se abre de verdad, el régimen pierde el monopolio del relato y del embudo económico. Si Washington levanta presión sin concesiones, pierde influencia estratégica y costo político interno. Por eso el conflicto persiste: porque a ambos les sirve más administrarlo que resolverlo. Esa es la tragedia cubana.









