Mientras ciertos informes y ONGs venden la idea de una isla donde Haití es víctima eterna y República Dominicana el agresor de turno, la historia y la geopolítica cuentan algo bastante más incómodo: dos pueblos distintos, dos proyectos políticos distintos y una frontera que el mundo rico usa como escenario para sus propias culpas coloniales.
1. El nuevo deporte internacional: regañar a los dominicanos
En los últimos años se ha vuelto casi un género literario:
- informes,
- seminarios académicos,
- ONGs “de derechos humanos”,
que repiten el mismo libreto:
“República Dominicana es un Estado racista que persigue haitianos.”
Punto.
Se citan deportaciones, sentencias, discursos de odio, y se baja el telón. Haití aparece como un cuerpo pasivo que solo recibe golpes.
RD, como el matón del curso.
¿Problema? Esa simplificación no es inocente, ni es solo “desinformación”. Es también un modelo de negocio político y académico:
- proyectos,
- plazas universitarias,
- fondos de cooperación,
- consultorías internacionales,
que necesitan un “caso” donde aplicar su marco teórico de colonialidad, racismo y frontera Sur.
Y la isla de La Española les queda perfecta para eso.
2. Dos pueblos distintos, dos historias distintas (y eso no es un crimen)
Hablemos claro: no somos el mismo pueblo, por historia, por proyecto político, por cultura cívica y por trayectoria institucional.
- Haití nace como primera república negra independiente, resultado de una revolución esclava heroica… y al mismo tiempo castigada por potencias coloniales con deudas impagables, invasiones, ocupaciones y una cadena de élites que han exprimido al país.
- República Dominicana nace en medio de esa tormenta, con:
- ocupación haitiana durante 22 años,
- luego dependencia económica de potencias extranjeras,
- dictaduras propias,
- y un proyecto nacional que, nos guste o no, se define también en oposición a Haití.
No hace falta romantizar a RD como “víctima pura”, ni a Haití como “héroe puro”.
Lo que sí hay que afirmar sin complejos es esto:
Haití y República Dominicana son dos Estados distintos, con dos proyectos nacionales distintos, y la idea de “unificar la isla” no es un sueño romántico inocente: para RD es una línea roja legítima de supervivencia política y demográfica.
Quien ignore esto, no está haciendo análisis; está vendiendo ideología en envase académico.
3. ¿Hay racismo y anti-haitianismo en RD? Sí. ¿Eso explica todo? No.
Aquí es donde muchos dominicanos se ponen a la defensiva y pierden autoridad.
Hecho incómodo:
- Sí, existe anti-haitianismo real en la sociedad dominicana.
- Sí, hay prácticas discriminatorias, abusos en deportaciones, discursos de odio normalizados.
- Sí, hay una historia de políticas estatales marcadas por el deseo de “blanquear” y negar lo afro.
Negar eso te transforma en caricatura.
Aceptarlo, en cambio, te da una cosa que a las ONGs les molesta mucho: autoridad moral para hablar del cuadro completo.
Porque tan cierto como todo lo anterior es que:
- Haití no es una tabla rasa de inocencia.
- Ha habido violencia, invasiones, saqueos y agresiones desde Haití hacia territorio dominicano a lo largo de la historia.
- La incapacidad de las élites haitianas para construir un Estado mínimamente funcional ha desplazado el costo humano hacia la frontera y hacia RD, año tras año.
- RD no está obligada –ni técnica ni moralmente– a absorber ilimitadamente el colapso haitiano.
Aceptar la existencia del racismo no significa comprar la narrativa de que toda defensa de la frontera es racista.
Esa es la trampa conceptual que ciertos organismos intentan colocar.
4. Soberanía no es odio: defender la frontera no es un pecado
Hay una línea que hay que marcar sin titubeos:
- República Dominicana tiene derecho –y obligación– de controlar su frontera.
- Tiene derecho a decidir:
- quién entra,
- bajo qué condiciones,
- con qué documentación y con qué estatus.
Eso no es racismo; eso se llama soberanía básica.
Lo ejerce Francia, lo ejerce España, lo ejerce Estados Unidos. Pero cuando lo ejerce RD, de repente es “violencia estructural”.
La discusión honesta no es “frontera sí o no”, sino:
- ¿Cómo se ejerce ese control?
- ¿Hay garantías mínimas de debido proceso?
- ¿Se evita el abuso, las redadas arbitrarias, el show mediático?
- ¿Quién paga la factura humanitaria de la crisis haitiana?
- Hospitales dominicanos desbordados,
- escuelas absorbiendo niños sin papeles,
- servicios sociales al límite.
Que los mismos países y organismos que hundieron Haití en la dependencia vengan ahora a acusar a RD de mala conducta por no poder cargar con todo el peso, es una hipocresía de manual.
5. El negocio de las ONGs y la academia militante
No todas las ONGs son iguales, pero hay patrones:
- Organizaciones con sede en Europa o Norteamérica que necesitan casos extremos para justificar proyectos, financiamiento y carreras.
- “Expertos” que jamás han hecho fila en un hospital de Jimaní ni han pisado un batey, pero llenan papers hablando de “laboratorio de colonialidad en la isla de Kiskeya”.
- Informes que:
- citan solo testimonios filtrados,
- repiten entre ellos las mismas fuentes,
- y eliminan cualquier relato dominicano que complique el guion víctima–victimario.
Y no nos engañemos:
también hay ONGs locales y actores “progres” dominicanos encantados de alinearse con estas narrativas porque:
- los conecta con redes internacionales,
- les da visibilidad,
- les abre puertas en universidades y organismos multilaterales.
Mientras tanto, las comunidades que viven en la frontera –dominicanas y haitianas– siguen en la misma:
- sin agua,
- sin servicios,
- con economías informales que sobreviven gracias a un mercado binacional que se cierra según el humor del día en las capitales.
6. Defender a RD sin caer en la negación
La posición adulta no es ni el nacionalismo ciego ni la autoflagelación.
Una línea clara para plantear en el debate:
- Sí, hay prácticas y discursos anti-haitianos que RD debe reconocer y corregir.
- Cuerpos armados sin formación en derechos humanos,
- políticos usando el miedo al haitiano para ganar puntos,
- medios que reproducen estereotipos.
- No, eso no significa que RD sea culpable del colapso haitiano ni obligada a diluir su soberanía.
- La responsabilidad histórica de potencias coloniales y de élites haitianas es enorme.
- La isla no es un experimento social donde todo se puede mezclar “para ver qué pasa”.
- Sí, hay un intento real de algunos discursos académicos y ONGs de usar la isla como escaparate para teorías de colonialidad y raza.
- Y RD tiene derecho a responder, con datos y no solo con indignación, que no va a aceptar ser el “monstruo” perfecto para esos relatos.
7. Lo que RD tiene que hacer si quiere ganar esta batalla narrativa
Si quieres que el mundo tome en serio la defensa de RD, no basta con decir “nos atacan”:
- Profesionalizar la política migratoria y de frontera.
- Protocolos claros, formación, transparencia, estadísticas públicas.
- Separar defensa de soberanía de discurso de odio.
- No todo el que defiende la frontera es racista;
- pero tampoco todo el que critica abusos es “enemigo de la patria”.
- Construir una narrativa propia, con rigor y sin complejos.
- Que explique por qué RD no puede ni debe cargar sola con Haití,
- pero que reconozca dónde sí se han cometido excesos.
Porque si RD no articula su propia versión compleja, otros seguirán vendiendo la versión simple:
Haití = víctima eterna.
República Dominicana = agresor estructural.
Defender a República Dominicana hoy pasa por algo más difícil que gritar “no somos racistas”:
- Es mirar al espejo y aceptar la parte incómoda.
- Es decir con calma, pero con firmeza:“No vamos a aceptar que se borre nuestra historia,
pero tampoco vamos a esconder nuestros errores detrás de la bandera.”
Solo desde ahí se puede hablar de tú a tú con ONGs, organismos y académicos que han decidido que la isla es su laboratorio teórico.
Y solo desde ahí se puede trazar una línea roja clara:
La isla no se va a unificar.
Haití y República Dominicana seguirán siendo dos pueblos, dos Estados y dos proyectos diferentes.
Y aprender a convivir respetando esa diferencia es el reto que realmente importa.










