Mientras el resto de Europa envejece con dignidad y controla sus fronteras con la elegancia de quien cierra la puerta a los invitados que llegan sin avisar, España ha decidido batir otro récord histórico: a 1 de octubre de 2025, según el INE, ya éramos 49.442.844 almas residiendo en este bendito territorio. Y todo apunta a que superaremos los 50 millones antes de que acabe 2026. ¡Enhorabuena! O no.
El crecimiento, cómo no, se debe casi exclusivamente a la inmigración. Porque, como es bien sabido, la natalidad española sigue en caída libre —esa tasa de fertilidad que coquetea con el 1,3 hijos por mujer no alcanza ni para reemplazar a los que se van al otro barrio—. En el tercer trimestre de 2025 llegaron colombianos (32.100), marroquíes (23.400) y un largo etcétera que compensó con creces el saldo vegetativo negativo. Por cada nuevo español que se registra, llegan cinco extranjeros. Una proporción tan equilibrada que hasta parece diseñada por algún algoritmo globalista con sentido del humor.
El Gobierno, siempre previsor, reformó el Reglamento de Extranjería en mayo de 2025 para facilitar aún más las cosas: arraigos más flexibles, permisos socioformativos, transitorios para solicitantes de asilo denegados… Todo con el loable objetivo de “integrar” y “satisfacer las necesidades del mercado laboral”. Porque, claro, sin inmigración masiva, ¿quién sostendría nuestras pensiones en un país que envejece a velocidad de crucero? El Banco de España lo celebra: más mano de obra, más consumo, más PIB. Qué visión tan progresista.
Desde la oposición, Vox ha recuperado con entusiasmo conceptos como la “remigración” y el “gran reemplazo”, esa teoría francesa que tanto molesta a los bienpensantes. Ocho millones de inmigrantes y sus descendientes, dicen, podrían ser candidatos a un billete de vuelta si las cosas se ponen serias. El PSOE, por su parte, califica tales ideas de xenófobas y conspiranoicas, mientras aprueba regularizaciones que facilitan la vida a cientos de miles. Un debate tan civilizado como siempre: unos ven invasión, otros oportunidad; unos piden control, otros puertas abiertas.
Y mientras tanto, el 79% de los españoles cree que en 2026 llegarán aún más inmigrantes, según encuestas recientes. La vivienda sigue disparada, los servicios públicos presionados y la identidad cultural —esa cosa tan pasada de moda— en eterno debate. Pero tranquilos: el crecimiento demográfico es “sostenible”, aseguran los expertos. Al fin y al cabo, ¿qué importa si el paisaje humano cambia irreversiblemente mientras el PIB sube unos decimales?
España, esa nación que siempre llega tarde a las fiestas europeas, parece decidida a liderar la carrera hacia la multiculturalidad obligatoria. Feliz 2026: el año en que, probablemente, seremos 50 millones. Y contando.











